Archivar paraAgosto, 2008

Clima de cama B

Es una noche fría y Launa se arregla para salir.
Marido -¿Por qué te vestiste?
Launa -¿No te acordás? Te dije que hoy había una reunión. Es cerca, me quedo un rato y vengo.
Marido -Ah, no, no me acordaba… (molesto) Estás saliendo mucho últimamente.
Launa -(tratando de disimular la culpa) Vuelvo enseguida… es que prometí que iba… (miente).

La culpa se evidenciaba en mi ropa. No me vestí provocativa como hubiera querido. Un pullover enorme oculta las ganas de encontrar quién lo quite.

La ciudad silenciosa. Algunas personas que se animan al frío se apuran para llegar a su destino.

Aceleré para evitar el semáforo rojo y pensé “Ni siquiera sé por qué voy”.

Franqueé la puerta y me encontré con un lugar lleno de gente tomado, riendo. Qué cosa rara, esa necesidad de tener un vaso de algo alcohólico que te habilite a reírte. Me gusta la gente audaz y sin excusas. Aunque claro que eso es justo lo contrario de lo que soy hoy.

Obviamente fui la primera. La falta de costumbre por no salir nunca me hace olvidar que todos llegan tarde, es una práctica local.

Cuando volvía de recorrer buscando a otros veo a mi amigo con una chica linda, Laotra.
Launa -¡Con qué excusa la habrás empaquetado, pirata!
Amigo -Pero, ¡no me dejás pasar una, che!
Laotra -En realidad yo le pedí que me acompañara, es que soy un poco tímida.- Y estalló en carcajadas. Eso y su imprudente escote gritaban lo contrario. Sin duda a Laotra también le gustaba inquietar a los hombres. Me encantan esas chicas malas.

Después de algunos comentarios filtro, de esos que te dicen a las claras quién es tonto, quién pacato y quién clasifica para intercambiar provocaciones, ya éramos amigas. Encontrar una chica así es un gran hallazgo. Sabía que era el principio de algo, pero no imaginé lo que el próximo encuentro provocaría.

Me fui sola; al irme, en la puerta un desconocido me dijo a modo de piropo “¡No te vayas!”. Mientras le sonreía me di cuenta que eso me había llegado. Mierda. Con qué poco.

Cumplí mi promesa de llegar temprano. Me desvestí evitando hacer ruido; el frío trepaba mis piernas.
-Maldita estufa- pensé recordando que se había roto hacía unos días.
Esa noche en Buenos Aires hacía frío. Y en mi cama hacía tiempo que faltaba la humedad y el calor.

Clima de cama A

Mientras entraba al bar del brazo de mi compañía ocasional, pensaba en como me estaban jodiendo las botas, por suerte el jean me quedaba bien y me acordé del escote de la camisa negra gracias a la mirada del tipo de la entrada. Pensé en como se pierden algunos tipos por un escote, pensé en que iba a pedir un Tía María, pensé en que carajo estaba haciendo en una reunión de gente que no conocía. No me importó demasiado, es viernes a la noche, los tipos buscan cama y la mía suele estar caliente. Después de presentarme, le pedí a un hombre boy scout que me traiga ese licor. Tiene algo el Tía María que me hace sentir cómoda, cuando lo tengo en la mano se convierte en mi cómplice. Además, una mujer tomando whisky no me gusta, lo dejo para escenas de películas argentinas de dos pesos. Miraba la gente que me rodeaba y estaba cómoda, pero no lo suficiente.

Launa entró por la puerta no se en que momento, cabello largo, sin maquillaje, relajada, tiene senos gigantes, pero no los muestra. Estaba con dos chicas mas, nos presentaron y fue instantáneo. Comenzamos a reírnos de ciertas situaciones. Debo confesar que se sentía raro hablar con alguien que a simple vista, era tan diferente a mi. Casi lo opuesto. Dato curioso: nuestros diálogos siempre terminaban en carcajada. Noté que ella no tomaba alcohol en el momento en que perdí la cuenta de la cantidad que había tomado yo. Otro dato curioso: Los segundos que pasan desde el momento en que percibo que perdí la cuenta de los Tía María que tomé, hasta que empiezo a pensar que mi cama se enfría cada vez más, son casi imperceptibles. Por suerte y como regalo de mi cielo ateo, una sonrisa atravesó la puerta. Sabía que esa sonrisa iba a ser la misma que iba a mirar un par de horas después, acostada al lado mío. Llamalo intuición femenina si querés.

Interrumpí mi charla con Launa y me deslicé entre la gente hasta llegar a él. Vamos a llamarlo Tipo#sonrisa. Me escurrí en su conversación hasta que, casi sin darnos cuenta, estábamos en un sillón de cuero negro sentados hablado.

Laotra: – ¿Así que vivís en el mismo barrio que yo? Segunda coincidencia!

Tipo#sonrisa: – Si, de hecho creo que vivo a 9 cuadras de tu casa.

Laotra: – Y decime, desde acá… ¿cuál de las dos casas queda mas cerca?

Tipo#sonrisa: – Ehmm… la mía.

Laotra: – Ah.

Tipo#sonrisa: – Ajá…

Laotra: – ¿Salimos a fumar un pucho?

Tipo#sonrisa: – Dale.

No tardamos en tomar un taxi e irnos sin saludar.

Mi cama habrá quedado fría, pero la de Tipo#sonrisa ardía.

Debo confesar que la pasamos muy bien. No recuerdo haberme acomodado como para volver a ver su sonrisa. Les juro que es hermosa.

Cuando él se fue para el baño yo me encendía un Marlboro o “el puchito de la gloria” como me gusta decir. Me tapé un poco y entre una de esas pitadas me vino la imagen de Launa a la cabeza. ¿Qué estaría haciendo? ¿Se quedó en el bar? Me la imaginé subiendo a un taxi, llegando a su casa, sacándose los zapatos para no despertar a su marido. No sabía si tenía hijos o no. La imaginé metiéndose en una cama tibia con los pies fríos.